lunes, 31 de agosto de 2009


Hemos visto en la pestaña el ojo, / el día dividirse en dos / mitades luminosas, / sin pensar/ que cada mitad / es un órgano que ha resuelto duplicarse, / sin pensar / que la noche vigila en cada / peldaño de piedra / como quien / hace finta / como quien / se desviste / y duda de su cuerpo.

No hemos visto el dolor / sino una mueca persistente, / un mineral que sepultamos / en la lengua y nos corta / con su brillo / fríamente / adentro de la noche / la boca siempre es negra, / decimos / que esta noche / no es ninguna noche / sino la imagen / de los cuerpos que nunca tocamos, / sino la imagen / de un insomnio repetido en el ojo.

No tocamos nada pues el ojo / es un órgano embustero y el tacto / se enfría cuando repta por la piel / en las horas más filosas de la madrugada, / todo parece un error, / una dirección equivocada, / morder la niebla es el pasatiempo indicado, / morder el ojo insolente, / morder el tacto, / en alguna parte / todo se ha perdido / asumiendo el color frío de la presencia.

Hemos oído los pasos / de una noche que congela / el canto de los pájaros, / la oímos llegar y no sabemos / hasta que hora nos rajará el tímpano, / hasta que hora / nos lamerá la oreja / esta noche que no es ninguna noche / sino el sonido silbante de los sordos, / sino la espera de una herida / sino la espera / de una noche / que se ha perdido en su repetición

y adentro de la noche
hay un sol oscurecido.


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